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Hablemos de la superpoblación

Tras la lectura del artículo Hay que hablar de la superpoblación publicado en la página de BBC Mundo y que explica una iniciativa llamada Global Population Speakout me han surgido unas reflexiones que quería compartir con vosotros.

La citada iniciativa pretende que se empiece a hablar públicamente de un problema que hasta la fecha no ha sido prácticamente tratada por nadie, o no al menos no de forma masiva. Este problema es la superpoblación humana que ya  abordé de forma muy tímida y por referencias en este artículo del blog.Voy así a contribuir con mis reflexiones a esta campaña, que comparto totalmente ya que es necesario poner sobre la mesa este problema que no es sino otro más de los que tenemos que afrontar.

Partimos de la base de que este planeta es finito y por lo tanto nuestro número tampoco puede crecer ilimitadamente. Tenemos también claro que en la actualidad la población humana mundial se incrementa a razón de 1.000 millones cada década, y la proporción de tiempo amenaza con ser incluso más reducida (datos extraídos de la Wikipedia). Esto nos lleva a una conclusión clara, la población humana deberá sufrir algún tipo de freno en algún momento del tiempo. Y ese creo debe ser el verdadero debate, es decir, se debe dar por sentado que la población humana también debe decrecer.

Lo que yo ya no tengo es la respuesta a como se hará, ni siquiera tengo claro que debamos hacer algo. Yo personalmente no me veo en ningún caso capaz de decidir quién debe y quién no debe procrear, debe ser algo voluntario, es al fin y al cabo otro caso de simplicidad voluntaria. Mis experiencias tratando este tema con diferentes personas son variopintas, hay quien predica que debemos hacer campañas para concienciar y así voluntariamente reducir el índice de natalidad, quienes opinan que esto acabará en otra guerra mundial y quienes opinan que la mejor arma para frenar este crecimiento es hacer que suba el nivel de vida en los paises que tienen los niveles de natalidad más altos, que ¿curiosamente? son los que tienen niveles de vida más bajos. Esta demostrado que cuando sube el nivel de vida de un país también baja el número de niños por pareja, pero a mí me crean otras dudas: ¿No es este descenso de natalidad en los países ricos fruto del mayor individualismo? o ¿no es por la subida del precio de la vivienda y el hecho de que las familias estables se formen más tarde, como media a los 35 años?. En definitiva ¿no son estas también cosas contra las que luchamos? o es que esta solución de subir el nivel de vida es pasando por el capitalismo y el crecimiento productivista que tanto mal esta haciendo sociologica, ecológica, económica y todos los -icas que existen?

Cómo ven es totalmente cierto que hay que abordar el tema, porque es un problema que plantea dilemas morales muy grandes, entre ellos el cuestionarse el derecho a la vida. Quizás este sea un caso muy claro de como el ser humano no tiene respuestas para todo y nos enseña que somos pequeños y finitos, y que no somos ese ser supremo, dominador del cielo, el mar y la tierra.

Piénsenlo y por favor, compartanlo conmigo en los comentarios.

PD: Hay una interesante discusión en Menéame, donde encontre el artículo de BBC Mundo que os recomiendo leer.

4 comentarios 5 Febrero 2009

Gaza es un gran desconocido

Sigo un día más con el tema Palestino, por lo urgente que es parar ahora la guerra creo que merece la pena dedicarle unos días a indagar, informarme de lo que ocurre realmente allí. Esto no quiere decir que el resto del tiempo no me preocupe o vaya a dejar de preocuparme, ya que pienso que la acción local que día a día realizo tendrá consecuencias en sitios tan lejanos como Gaza, en este mundo global toda acción produce su reacción a escala planetaria. Por eso es importante que las acciones sean en la dirección correcta.

Como os contaba intento informarme de la manera más veraz de lo que ocurre en Gaza y me sorprendo con noticias como la de un sacerdote católico de Gaza que asegura que no es cierto que Hamás se oculte en mezquitas y hospitales o que una familia ha perdido a 21 de sus miembros, incluidos doce niños, tras el bombardeo de su casa en Gaza. Esto me hace pensar mucho acerca de las justificaciones del ataque de Israel que he tenido que escuchar estos días, que tíldan la acción de defensa contra los terroristas. Yo no hago más que leer noticias, además de la prensa “oficial”, que contradicen una y mil veces esa visión del conflicto.

Por último quiero compartir con vosotros un texto de la periodista Paola Dragnic que aporta una visión y reflexión necesaria que no hace más que confirmar que Gaza es un gran desconocido. Como me ha llegado por email y  no he encontrado el enlace os lo dejo íntegro a continuación.

Paremos el genocidio en Gaza, ¡PAZ!.

Hace ya dos años que volví de Palestina y desde entonces, quiero escribir este mail. Pero es tan grande todo lo vivido, que en dos años no he podido sentarme a resumir todo lo que quisiera contarles, para que al menos pudieran dimensionar lo que ahí sucede. Porque eso me pasó a mí. Creí ser conocedora del tema -algo al menos- creí saber y entender algo del “conflicto” y de la “causa”, pero nada se asemeja a vivirlo. No hay libro que uno lea y no hay imágenes que uno vea, que puedan graficar lo que ahí sucede. Uno puede ser un “experto” en la materia, pero si no se ha pisado ese suelo, si no se ha respirado ese aire, si no se ha palpado esa miseria, es imposible llegar a comprender el lento genocidio que ocurre en esas tierras.

Es imposible, porque quienes lo cometen han sido las grandes víctimas del siglo XX y entonces cualquiera que acaso condene alguno de sus actos, corre el riesgo de ser tachado de antisemita. De hecho, eso aprendimos en el curso de “Conflicto en Medio Oriente” al que entré como invitada de piedra a unas cuantas horas de Tel Aviv. A la veintena de periodistas latinoamericanos que estábamos ahí, nos entregaron un riguroso listado de claves conductuales que se titulaba: “Cómo identificar el antisemitismo del siglo XXI”. Y creo que muchos lo leímos y en voz baja pensamos que fácilmente seríamos tachados de antisemitas. Por eso, muchos callan. Porque ser antisemita ante el horror del holocausto, es algo inaceptable hoy, a más de 50 años de esa masacre original que le devuelve la mano al destino, convirtiendo a sus propias víctimas, en monstruos sedientos de sangre, como si la venganza ante el dolor sufrido, saliera a borbotones medio siglo después.

Ahí está el primer gran error. El holocausto judío nos avergüenza como especie. No hay duda. Al recorrer los campos de concentración que quedaron como vestigio, uno se pregunta cómo pudo existir ese infierno, mientras el mundo seguía girando. Cómo en esos precisos instantes, no fuimos capaces de detenerlo. Cómo fue posible que millones de seres fueran perseguidos, torturados y asesinados de la forma más cruel, en el más completo silencio del resto del planeta. Quizás, luego de la desolación y el horror que uno siente, eso es lo que más sorprende del holocausto: la indolencia y complicidad silente. Hoy, muchas décadas después, lo condenamos y somos cuidadosos al tener el más mínimo acto de aceptación de alguna actitud nazi…. ¿verdad?

¿Tendrán que pasar nuevamente décadas para que entonces nos preguntemos cómo fue posible que en el más completo silencio se masacrara a los palestinos?

¿Entonces seremos capaces de ver las fotos de los moribundos detrás del muro esperando comida? ¿A las mujeres pariendo en las fronteras establecidas por el sionismo? ¿A los prisioneros que Israel mantiene en condiciones infrahumanas? ¿Veremos entonces el muro y sus rejas interminables, con un judío hablando detrás de un vidrio mientras te grita que te quites la ropa una y otra vez, solo para atravesar de una lado a otro y poder visitar a tu familia? Y lo que parece más terrible aun, ¿las fotos de los palestinos tatuados con un número en los brazos como un carnet imborrable que les autoriza entrar a Jerusalem? Sí, tatuados. Igual que esas fotos espantosas de esqueléticos judíos fichados en los Campos de Concentración. Hoy, de palestinos.

¿Tendrán que pasar otros 50 años para que podamos ver todo esto y no sentirnos amenazados de ser antisemitas?

Ahí está el primer error que los judíos sionistas han sabido calarnos profundamente, para entonces amparar las más atroces injusticias que sus propios antepasados sufrieron bajo el yugo de los nazis. No hay que aceptar más este chantaje moral. Se que este mail bastará, para que mi nombre entre en la lista de los antisemitas. Pero no lo soy. Mi padre, yugoslavo, eslavo y casi gitano, sobrevivió a la limpieza étnica de los nazis y él mismo me enseñó que los nacionalismos enfermizos como el que persiguió a su pueblo en la Segunda Guerra, son la lacra social más terrible que puede existir. ¿Y qué es el sionismo de Israel sino un nacionalismo moderno y enfermo?

Un nacionalismo que, en sus vertientes más colonizadoras cercanas al socialismo (supuestamente ateo), apela a razones bíblicas para demandar un territorio que, además, pretende limpiar de las otras razas que ahí habitan. El sionismo es racista. No porque en sus principios esté escrito o porque la ONU en 1975 lo haya dicho en una resolución, sino simplemente porque no tolera la coexistencia de otros pueblos y actúa en esa dirección.

Como todos, crecí repudiando el holocausto y de cerca, con mi padre y sus historias.

Tanto me enamoré de la “causa”, que a los 19 años estuve a punto de irme a un Kibutz, embobada en mi adolescencia por la justicia tardía para el pueblo judío. Enamorada de “la causa” y de la propuesta socialista de construir patria mancomunada en el desierto. Sin una gota de sangre judía, sentí que mi raza eslava estaba con ellos y si algo podía hacer concretamente, era ayudarlos a sembrar, en un proyecto de vida que aun quisiera para mis hijos. En paz, comunidad y tolerancia.

Veinte años después conocí uno de los kibutz más emblemáticos de la oleada que se creó en los ‘70. Y sigo creyendo que es un proyecto precioso, sino fuera por “el alto costo humano que representa”. Supe cómo se reparte el sueldo de todos para la comunidad, compartí con ellos el Hanukkah, vi los huertos inmensos perfectamente regados, las áreas comunes y su intimidad. Pero esta vez también vi los restos de casas bombardeadas, “tan moriscas en su arquitectura”, que se levantan en medio de los verdes sembradíos del Kibutz como trofeo a la reconquista de la “tierra prometida”.

A un lado, la lechería con vacas ultradesarrolladas capaces prácticamente de dar queso listo en una teta y, al otro lado, las ruinas de lo que fue el hogar de alguna familia palestina allegada hoy tras el muro en esos ghettos árabes que los judíos sionistas parecen haber recreado al más puro estilo de los ghettos judíos de la Alemania nazi donde sucumbieron sus propios antepasados. Así de irónico es todo, y ellos mismos lo describen.

Pude ver tras el resplandor de las velas del Hanukkah, como se retiraba el bus diminuto que transportaba como ganado a la servidumbre: palestinos enflaquecidos por el hambre que son autorizados a ingresar a Israel, con un carnet especial que los acredita como tal y les permite un “libre” tránsito.

Recordé entonces esas viejas películas que mostraban el esplendor europeo de algunos pocos en plena década de los ‘40, mientras la Segunda Guerra asolaba el continente. Hitler en sus despampanantes juegos Olímpicos, y al frente la chimenea humeante de los Campos de Concentración. Recordé incluso algún texto que describe la casa de Townley en Santiago, cuando Mariana Callejas celebraba sus emperifolladas rondas literarias en plena dictadura, mientras en el subterráneo de su propia casa el servicio de inteligencia torturaba sin piedad a quienes son hoy algunos de los Detenidos Desaparecidos de Pinochet.

No hay que tener miedo. Condenamos el holocausto judío y hoy condenamos -oportunamente- el holocausto palestino.

Ir a Palestina, entrando por Tel Aviv, es una experiencia demoledora y desde entonces es imposible no sentir una pequeña cuota de responsabilidad al ser cómplice de esta masacre, simplemente por no hablar. Pero es tan abrumadora esa experiencia, que intentar describirla se hace cuesta arriba. Porque surge la ansiedad de que comprendan que condenar la masacre palestina no tiene que ver con el antisemitismo ni es una causa “in” en estos días. Los análisis internacionales, las proyecciones políticas, y el complejo panorama de la zona, quedan a un lado cuando se respira ese aire absurdo de intolerancia y masacre permanente.

La “tierra prometida” es hoy un cuadrillé de pueblos enmarcados en un muro de más de 8 metros de altura que zigzaguea el suelo y forma ghettos palestinos, de donde no hay salida. Apuñados, los palestinos quedaron en algunos pueblos sin conexión entre sí muchas veces, sometidos al ímpetu de los israelitas que deciden qué puede entrar a ese ghetto -o pueblo si prefieres- y qué puede salir. Esto incluye, obviamente, hasta lo más básico, como la comida, que estratégicamente te permite matar de hambre lentamente a quienes están adentro.

Imagina por un instante un largo edificio de 6 pisos, interminable, rodeado de militares anónimos que te encañonan constantemente y que encierran el lugar donde vives. Nada puede salir o entrar a ese lugar sin que una patrulla de judíos sionistas lo autorice a través del pequeño “check point” dispuesto.

Si tu padre quedó en el ghetto de al frente, o pueblo -si prefieres- deberás visitarlo escasamente y previa autorización. Entonces tendrás que hacer una larga fila entre dos rejas, como las vacas camino al matadero; ingresarás a una pequeña habitación donde te sacarás tu ropa, serás humillado sin derecho a pataleo en tu propia casa, y alguien te gritará en hebreo detrás de un vidrio, si es correcto lo que estás haciendo; si no, pueden apresarte y te llevarán a otra habitación quién sabe con qué fin.

Si la panadería quedó al otro lado del check point, deberás hacer esta rutina de ida y de vuelta, solo si tienes la suerte de entrar, para luego ver si tienes la otra suerte de encontrar algo para comer. Así como me han tenido que perdonar los amigos judíos que leen este mail, que me perdonen también los palestinos por simplificar tanto el asunto, pero es en esta rutina cotidiana y abrumadora que todos desconocemos como logran matar a todo un pueblo lentamente. Ahorcándolo, asfixiándolo cruelmente.

Belén es uno de los más dolorosos ghettos palestinos, porque buena parte del mundo recuerda ese lugar como un sitio histórico que quisieran visitar sin temor.

La plaza de Belén enmarca la llegada a la Iglesia de la Natividad. Los habitantes de Belén, que obviamente poco y nada comparten el fervor cristiano, respetan a los escasos turistas y valoran ese espacio como el sitio histórico que indudablemente es. Qué distinto entonces ir a Nazareth, hermoso en la pulcritud israelita y prácticamente neutralizado con el fanatismo religioso o ateo -como quieran- de la administración judía que lo gobierna. Si preguntas por alguien llamado Jesús de Nazareth entrarás a lista de las personas no gratas, aunque simplemente seas un historiador nada de católico. La intolerancia se respira en Israel. El recorrido por Jerusalem con algún judío que quiera acompañarte como guía turístico llega a ser tragicómico. Solo pasas por fuera del Santo Sepulcro y como quien indica que ahí hay un cruce de calle, te lo señalan.

Esto, para los turistas que acaso logran evidenciar este ¿racismo? en un rápido tour. Pero si te quedas solo una noche en Belén y te atreves a entrar por el Check Point que diariamente deben hacer los escasos habitantes del pueblo que todo el mundo mira el 25 de diciembre, comenzarás a sentir el dolor en el aire.

Las pocas tiendas que hay abren sus puertas como para no perder la costumbre. La plaza se repleta de hombres enflaquecidos y hasta con el rostro como desfigurado por el dolor que se pasean en círculos matando el tiempo, vestidos con ropas como de los años 50. No tienen trabajo, no pueden salir de Belén a buscar trabajo. Tienen hambre. Sus mujeres e hijos esperan en casa por algo para comer y ellos deambulan por la plaza, mirando a los escasos turistas y compartiendo algún café con cardamomo.

Las vitrinas están vacías. Puedes comer algún shawarma seco y duro, que quién sabe cuánto tiempo ha permanecido clavado en el asadero. Los judíos no han dejado entrar carne y el autoabastecimiento nunca ha sido un ideal que funcione en la práctica. Un pequeño pueblo, rodeado de piedras y arena, al que ni siquiera llega agua con seguridad.

Te paseas como un perfecto idiota en uno de los lugares más emblemáticos para el mundo occidental y entonces decides entrar a un restorán a pocas horas del 25 de diciembre. Un escuálido árbol de navidad parpadea a la entrada y al menos 10 mesoneros sentados en la barra te reciben con felicidad, llevarás algunas monedas, también judías… que solo podrán transar entre ellos mismos. Eres el único turista que ingresa y el menú es reducido. No hay casi comida, porque la frontera no se ha abierto. Viven en la tierra donde siempre existió su gente, pero hoy no tienen derecho a salir, ni a moverse, ni a comer, ni a decidir nada sobre su propio destino. Están presos en su propia casa, esperando… esperando.

Entonces pides un té y un pan con queso. Esa es la cena de navidad que puedes comer en Belén, mientras afuera un grupo de niños y hombres te mira engullendo el queso que han reservado para el turista, con la esperanza de que se mueva la microeconomía que tienen en ese ghetto donde nació Jesús.

Si puedes permanecer más días en Belén comenzarás a sentir entonces la angustia de vivir en un Ghetto. Comenzarás a sentir la desesperación y entenderás otro poco de la historia: simplemente un buen día, el mundo decidió hacer justicia con un pueblo masacrado como el judío y, en la accidentada división territorial, tu casa quedó al otro lado.

Deberás desocuparla y partir al ghetto, acarreando las pocas cosas que pudiste sacar, y arrastrando a tus niños entre lágrimas y griteríos. Te instalarás en un campo de refugiados que se diferencia de los campos de concentración nazis porque la muerte es más lenta que con el gas. Morirás de locura y hambre, y no asfixiado.

Vivirás arriba de varias familias en una habitación (con suerte), sitiado a pocos metros por el muro que te encañona con tanquetas y fusiles, y esperarás con ansias la llegada de algún valiente grupo de turistas alternativos, que quiera “conocer tu realidad”. Entonces te comprarán a 10 dólares algún tejido de la abuela o alguna precaria artesanía que hizo tu esposo en la cárcel, condenado a 15 años por apedrear un carro de policías judíos y podrás decidir qué hacer con esos 10 dólares. Lo más probable es que los pases a la olla común, porque te dará mucho dolor ver a los hijos de tu “vecino” con tanta hambre como los tuyos.

Así transcurrirán tus días. Lentamente. Muy lentamente. Siempre esperando que la pesadilla termine y un buen día te digan, acabó… puedes regresar a tu casa. Pero eso no pasará. Hace 30, 40 años que tu casa ya no existe. En su lugar hay un país que instaló sobre tu cama una preciosa lechería de vacas genéticamente perfectas.

Y como no hay territorio donde construir, deberás seguir en el Ghetto delimitado por otros, subsistiendo otros 40 años más hasta que mueras de viejo, con la mejor de las suertes. Tus hijos acaso irán a la escuela, cada vez más llenos de odio e impotencia, porque los escolta el muro, los militares, los tanques que te acechan a cada paso. Hasta que un día ese pequeño se convierta en hombre y entonces definitivamente no encuentre respuesta para entender por qué no puede ir a ese lugar también sagrado para él, que es Jerusalem y que está solo a 10 minutos. Hasta que no encuentre respuestas para entender por qué no puede ir a estudiar a una universidad libremente, o casarse y formar una familia dignamente.

Entonces, ese muchacho que criaste en la miseria del Ghetto explotará de ira e impotencia, y juntará un puñado de piedras que arrojará contra el muro que lo somete a la más espantosa miseria. Ese muchacho, entonces, será detenido y torturado varios años, acusado de terrorismo. La evidencia serán las piedras y la honda artesanal que fabricó a escondidas. Tu envejecerás esperando su libertad y explicándole a sus hermanos lo que sucede, intentado que ellos no corran la misma suerte, mientras sobreviven ahogados en ese ghetto cada vez más infernal. Y si el muchacho entonces sale, será solo para juntar ahora un puñado de clavos y construir esos famosos cohetes que tanto desesperan a los judíos sionistas.

Los “kassam”, tubos artesanales de metal, rellenos de pólvora y clavos, que tienen la fuerza suficiente para subir 8 metros, traspasar el muro y explotar en una lluvia de clavos contra tus opresores y que irónicamente ellos mismos rescatan para transformar en esculturas que adornan sus hermosos jardines y que muestran como una evidencia de la violencia que son víctimas.

Vendrá entonces la primera represalia, un tanto desproporcionada, cinco tanques aplastarán viejos autos palestinos, arrollarán niños que se entrenan en la intifada (”levantamiento”) afinando la puntería con las históricas piedras de Belén.

Mientras revuelves la olla común con escasos porotos y pepinos, escuchas el griterío y la desesperación, como cuando los nazis entraban de golpe al pueblo de mi padre en Brac buscando a los partisanos. Nuevamente el horror te aplasta. Verás morir a los tuyos, correrás entre el humo con los cuerpos ensangrentados y los refugiarás en el Ghetto, a la espera de alguien de la Cruz Roja que cumpla la rutina humanitaria mientras José Levi despacha con su espantoso sonsonete español que: “ha empezado una nueva intifada”.

Si la frontera no se abre ni siquiera para la carne, o la leche, más difícil es aun ingresar artefactos que te permitan igualar la violencia de bombardeos aéreos o incursiones con tanques que reprimen los piedrazos o los kassam de tus hijos.

Entonces llegará al poder de otro de tus hijos un poco de pólvora y tú se la quitarás. En silencio, sentirás -como ellos en su ferviente adolescencia- que los kassam con ese puñado de clavos no igualan al poderío militar que te reprime. No tienes trabajo, no tienes comida, no puedes moverte del Ghetto, en tu mente solo existe la necesidad de hacer justicia, no puedes pesar en nada más. No hay futuro.

Darás vueltas en el ghetto una y otra noche, como siempre hace 40 años. Los bombardeos intensifican el bloqueo. No tienes agua, no tienes comida. Tus hijos sobrevivientes están muriendo de hambre y tú estás enloqueciendo. Pasarás muchas noches desvelada, hasta que aprenderás a construir un explosivo casero con esa pólvora. No le dirás a nadie, pero después de 40 años de miseria y represión, estás agobiada. No hay salida y decides que no te matarán de hambre lentamente y que tu muerte entonces no será en vano. Construirás explosivos que esconderás en tu cuerpo. Lograrás pasar el check point y lo harás estallar en el lugar más repleto de judíos que puedas encontrar. Esa será tu pequeña venganza.

Mientras los restos de tu cuerpo se mezclan con la sangre de los judíos también muertos, José Levi informará de un nuevo atentado suicida y, horas más tarde, anunciará la segunda represalia. Bombardeos aéreos han dado sobre tu campo de refugiados. 290 muertos y 900 heridos en una nueva incursión de uno de los países militarmente más poderosos del planeta, que somete a los esqueléticos terroristas palestinos armados de piedras y cohetes kassam que tras 40 años de miseria y destierro no encuentran solución a su existencia y no se resignan a morir en uno de los ghettos del siglo XXI que reviven a los del Tercer Reich.

Ese fue el titular cuando llegué a Palestina: “Abuelita terrorista se suicida y mata a dos judíos”. Tenía 50 nietos, versaba la bajada de la crónica. 50 nietos que habrá criado en el Ghetto, en estas cuatro décadas… dónde más.

Después de estar 4 días en Belén, decodifiqué el titular. De-construí el titular y entonces comencé a sentir cómo era posible enrollarse un montón de explosivos en el cuerpo. Sentí la angustia abrumadora, la desesperación.

Decidí salir de Belén, angustiada, amargada… aterrorizada, y con una de las tristezas más profundas que he sentido en mi alma, simplemente porque tienes la certeza absoluta de que no hay retorno.

Llegamos a Betjala, que tiene conexión directa con Belén, omitiendo el check point. Entramos al mejor hotel de Betjala, un hermoso edificio de casi 12 pisos, hermosamente decorado, con un salón inmenso en la recepción, un gran comedor, un hermoso bar. Más de 300 habitaciones. Todas vacías.

Pedimos una buena habitación. Estaban todas disponibles. Un gran ventanal. Betjala como deshabitada, detenida en el tiempo. Y nosotros omitiendo un rato el caudal de incomprensiones que teníamos en la cabeza y el corazón. Estábamos escapando, al menos unos días. Teníamos hambre. Esa noche podríamos comer bien. Entonces por teléfono pedimos a la recepción algo de comida. Decidimos bajar al restorán. A las 9 de la noche, un restorán con más de 100 mesas había sido abierto solo para nosotros. La mesa repleta de las más exquisitas comidas árabes, sin exagerar. Todos los mesoneros a nuestra disposición. Estaba siendo difícil huir de la miseria. La teníamos escondida tras el lujo de ese hotel también detenido en el tiempo. Era temporada alta, plena navidad y no habían llegado pasajeros. Comimos lento, pensando en cómo hubieran querido algo de “very tipical food” en el campo de refugiados que habíamos visitado horas antes.

Una cerveza fue el postre y nos instalamos en el hermoso salón contiguo. Prendieron las luces para nosotros y entonces apareció un hombre alto, canoso, amable. Saludó y se presentó como el dueño del hotel. Comenzó una tonta conversación sobre el clima. Él no quería hablar del tema y nosotros tampoco, pero nuestro inglés chapurreado, tan chileno, pronto lo hizo sospechar sobre nuestra procedencia. Como muchos en Betjala, él también tenía un familiar en Santiago. Entramos en confianza, y entonces preguntamos y preguntamos.

Cómo sobrevivía, cómo mantenía ese hotel y para qué lo hacía en medio de tanta desolación. La conversa cada vez era más triste. Los escasos 200 dólares que podíamos dejar por nuestra estadía ni siquiera alcanzaban para pagar la electricidad de un día funcionamiento del hotel. ¿Por qué no te vas a Chile?, le preguntamos. Uno de sus hermanos vive en Santiago. Sus ojos se llenaron de lágrimas, como si ese tremendo hombre de rasgos tan masculinos fuera un pequeño nene muerto de susto. Como un comandante derrotado en su trinchera, moribundo, pero impecable y de corbata, él estaba dispuesto a morir ahí, en el precioso hotel que heredó de su padre y que antaño estaba repleto de turistas, viviendo el esplendor de la cultura árabe mezclada con el rito católico de la navidad.

No puedo hablar, dijo tartamudeando y se despidió de lejos antes de marchar. A la mañana siguiente partimos rumbo a Jordania. No pudimos conseguir un auto palestino que nos llevara a la frontera. No queríamos dejar ni 10 dólares más en manos de Israel. Pero fue imposible. Está prohibido, y aunque los “territorios palestinos” dan con Jordania, la frontera también es de los judíos.

Paola Dragnic

1 comentario 13 Enero 2009

El uso de la bicicleta en Ciudad Real

Hoy os recomiendo una lectura de un artículo sobre el uso de la bicicleta en Ciudad Real, es especialmente relevante porque muestra varias historias de conciudadanos nuestros que tiran por tierra muchos de los mitos que habitualmente se esgrimen para no plantearse la bicicleta como un medio de transporte ciudadano.

En él encontraremos la historia de Manuel que a sus 71 años sigue usando la bicicleta a diario (no hay excusas de edad avanzada), la de Miguel Ángel que viene a Ciudad Real a trabajar todos los días desde Miguelturra (no hay excusas de distancias largas), de Pilar que realiza todas sus tareas cotidianas con la bici sin importarle que lleva puesto (no hay excusas de faldas o tacones), de Magin y sus hijos que van todos los días al colegio y a trabajar en bici (no hay excusas para los niños) o de Paco y Lorenzo que diariamente vamos a trabajar haga frío, llovizna o calor (no hay excusas por las condiciones metereológicas).

Ciudad Real es una población ideal para utilizar la bicicleta, terreno llano, buena climatología, cortas distancias. Tan sólo con un poco de apoyo del Ayuntamiento para poder utilizar algunas vías peatonales con la bici, la creación de carriles especiales para comunicar Miguelturra con Ciudad Real y los espacios importantes fuera de Ronda harían que la utilización de este medio de transporte (y recalco que no es para el ocio, sino para transporte) fuese más fácil para mucha gente que no se atreve a dar el paso.

A cambio obtendremos una ciudad con menos ruido, más espacios, más limpia, más segura y menos dependiente del petróleo. Merece la pena.

6 comentarios 12 Diciembre 2008

Crece la producción ecológica en la provincia de Ciudad Real

Os recomiendo hoy la lectura de un artículo que ha salido publicado en un medio local y en el que bajo el título:’La producción ecológica crece en Ciudad Real aunque la comercialización es escasa’ encontraremos un poco de esperanza para los que creemos en otra manera de producir sobretodo en sectores tan importantes como los de la alimentación.

El análisis que se hace en el artículo coincide con lo que desde aquí siempre se ha defendido, el modelo de explotación actual no es sostenible y ya nos está pasando factura: tierras agotadas, acuíferos contaminados por los pesticidas y abonos artificiales, mutilación y excesiva medicación de los animales… todo va en contra de nuestra salud y supervivencia.

También quiero resaltar los aspectos negativos que se obtienen de la lectura del artículo y es que aunque la producción crece no hay demanda real en nuestra región para esta producción y la gran mayoría ha de ser llevada fuera. Algo que es bastante absurdo ya que sin comercio local no hay producto ecológico al tener que contaminar con su traslado, esperemos que esta tendencia cambie.

Otro punto negativo que se hace evidente es la necesidad de más variedad de productos, ya que como se apunta en el artículo, ha crecido la extensión de agricultura ecológica pero para producir más viñedos y más olivares. Un sistema sostenible, local y autosuficiente no puede alimentarse sólo de uvas y olivos, este tipo de cultivos van más en el camino capitalista de producción (monocultivos) que en la dirección correcta.

Este es uno de los grandes retos de la sociedad actual, volver a una relación inteligente del hombre con la naturaleza que nos provee de lo que necesitamos para vivir.

3 comentarios 6 Noviembre 2008

Dejemos de ser consumidores para volver a ser ciudadanos

Leyendo un artículo sobre la crisis actual que no sólo es económica extraigo una cita que me hace reflexionar sobre algo que vengo reivindicando desde hace mucho:

Durante mucho tiempo al ciudadano común se lo bombardeó con una serie de ideas y de valores que quedaron materializados. Creyó que el mercado, el dinero, el éxito y la especulación eran el centro único de la vida. Y eso marcó su vida, sus valores y su sensibilidad. Entonces, más que pensarse como un ciudadano, se pensó como un consumidor.

Para mí esta más que claro que la salida a la actual situación pasa por un cambio de valores sociales, de retomar caminos más saludables que ya en otros tiempos fueron transitados. Es difícil pensar hoy en día en actividades para hacer que no tengan un componente de consumo, todo es consumo y en torno a cualquier actividad que antaño fuera normal o por necesidad ahora se ha convertido en un emergente sector que cotiza en bolsa. Y nos parece tan normal, que el grano sea un producto financiero de futuros, que los beneficios del trabajo de toda una vida (fondos de pensiones) jueguen a la ruleta en la bolsa apostando a que el maíz suba por la sequía de noseque región del tercer mundo.

Dejar un comentario 14 Octubre 2008

Historia de la usura

Hoy os recomiendo esta pequeña historia de la usura que pone de manifiesto de manera breve y poco desarrollada como la humanidad pasó de considerar la usura como uno de las actividades más despreciables que podía realizar una persona a convertirse esta práctica en un signo de prestigio social.

Dejar un comentario 13 Octubre 2008

¿Porqué lo llaman inversión cuando quieren decir especulación?

Hoy viendo las noticias de las tres en el Telediario de TVE (siguiendo el enlace ver el informativo del día 07/10/08 en el minuto 30:44) he estado apunto de vomitar el bocado que tenía en la boca mientras escuchaba una noticia.

La periodista explicaba las nuevas posibilidades de inversión en tiempos turbulentos como el actual. Nos contaba que ahora se podía invertir en vinos, sobretodo si son de calidad, ya que según sus propias palabras “cada caja de 12 botellas se revaloriza al año un 20 % y sólo hay que esperar 3 años para sacarlas al mercado”.

Es decir, que para ganar dinero sin hacer nada lo único que hay que hacer es comprar cosas que otros han trabajado, esperar el tiempo necesario, vender y poner la mano para agarrar la pasta gansa. Esto me suena a lo que hacen los especuladores con el suelo necesario para vivir y que los jóvenes tanto necesitan, lo que hacen los astutos inversores de futuros que compran el grano necesario para la subsistencia de países enteros y venden cuando más hambre tiene la población arruinando economías familiares o lo que hacen los usureros bancarios prestándote un dinero que inventan con la deuda de otros para que te compres una casa y la devuelvas 2.5 veces.

¿Qué tipo de basura informativa es esta que presenta de manera simpática las prácticas de usura y especulación mas deleznables? ¿Esta información es más importante que por ejemplo España sea el octavo país de ventas de armas a países en conflicto de la cual no se han hecho eco?

¡Vomitivo!

5 comentarios 7 Octubre 2008

Simplicidad voluntaria y decrecimiento

La recomendación de hoy se estaba haciendo esperar. Desde hace varios meses conocía el trabajo que se estaba realizando para subtitular en castellano el documental “Simplicité Volontaire et Décroissance” y ayer justamente Muchachito Ordinario lo publicitaba en su web.

Gracias al trabajo de la gente de decrecimiento.blogspot.com y la ayuda del canal SubUtiles de YouTube podemos disfrutar de este documento excepcional. Es un buen acercamiento a las posturas que defiende el Decrecimiento, explicado por sus principales pensadores.

Espero que su visionado os acerque un poco más a este movimiento del que sabéis soy afín.

Simplicidad Voluntaria y decrecimiento VOS

2 comentarios 15 Septiembre 2008

Consumo responsable

Por Consumo Responsable entendemos la elección de los productos y servicios no sólo en base a su calidad y precio, sino también por su impacto ambiental y social, y por la conducta de las empresas que los elaboran.

Esto es lo que se promociona desde la web ConsumoResponsable.org donde podréis encontrar numerosas iniciativas, productos y documentos explicativos para animaros a realizar otro consumo posible.

Para la experiencia que tenemos ahora entre manos nos ha encantado la sección Alimentación Sostenible con gran cantidad de información sobre:

La única pega es que la web está orientada a la población de la comunidad de Aragón. Ojalá cundiera el ejemplo y se hicieran webs como estas para otras comunidades. Quizás algún día me anime y comience un proyecto como este para Castilla La Mancha.

Dejar un comentario 12 Septiembre 2008

La bebida alternativa de Cola

Como ayer después del artículo sobre la Coca Cola muchos de vosotros, adictos a la cafeína, habréis quedado huérfanos de bebida de cola he querido hacer este post para mostraros que no siempre la simplicidad voluntaria y el consumo responsable tienen que mantenerse de la privación, también hay ALTER-nativas.

Las recomendaciones de hoy son dos webs con el mismo espíritu, el de ofrecer una alternativa al consumo de refresco de cola bajo la perspectiva del conocimiento compartido, el conocimiento libre.

La primera se trata de la Cube Cola de dos amigas que regentan un bar en Bristol, el Cube Microplex. Estas dos mujeres comprometidas se negaban a vender Coca-Cola por los motivos por todos conocidos pero a la vez necesitaban cubrir la demanda de sus clientes. Así se embarcaron en una búsqueda de su propia fórmula. Tras muchas pruebas han conseguido una bebida de producción casera y que sabe muy bien. Ellas venden a través de su web el jarabe que preparan en su laboratorio y del que se puede obtener la bebida de cola además de servirlo en su bar. Pero la razón por la que recomiendo hoy su web es porque además comparten libremente la receta de su Cube Cola y nada más y nada menos que con la licencia libre por excelencia (y la primera en surgir en el mundo del software libre): la licencia GNU General Public License.

La otra lectura recomendada es la de la Open Cola, un proyecto que inicialmente tenía pretensiones informativas sobre el funcionamiento de la filosofía del software libre y que debido a su aceptación se ha mantenido, incluso con algo de éxito comercial.

¿Conocéis más alternativas alimentarias a este o a otros productos?

2 comentarios 11 Septiembre 2008

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